Martes, 28 Febrero 2017 11:09

Hijos fuertes para tiempos difíciles

Dra. Adriana María Vargas
Directora Plantel Mérida
 
Hablar de juventud en la actualidad, parece ser sinónimo de caos, desequilibrio, irresponsabilidad, de desesperanza.  Con frecuencia generalizamos y etiquetamos al ‘adolescente’, sin valorar los esfuerzos que ellos pueden estar haciendo por centrarse y cumplir con expectativas impuestas.
 
Si bien es cierto que una gran cantidad de jóvenes están viviendo en excesos, sin ideales claros y en una ‘libertad’ mal entendida, por otro lado tenemos jóvenes con ganas de encontrar el sentido de vida necesario para alcanzar ideales altos, centrados en sus principios, luchando dentro de una sociedad que a veces no les favorece.
 
Como padres de familia ¿qué estamos aportando para su formación? ¿Qué papel estamos representando para ellos? ¿Somos sólo proveedores o realmente estamos presentes en su vida?
 
Debemos recordar que nuestro fin como padres debe ser ‘hacer ser’, es decir, ayudar en la formación de su SER, aportar en su crecimiento y desarrollo para lograr que se conviertan en seres independientes, autónomos, libres, capaces de tomar sus propias decisiones y de integrarse con los demás de forma que puedan enriquecerse de ello y participar positivamente en la sociedad.
 
TEl mundo está viviendo muy rápido, hay muchos medios para comunicarnos, pero hay falta de comunicación.  Trabajo, desplazamiento, tecnología nos roba gran parte de nuestro tiempo que deberíamos utilizar para hablar cara a cara entre los miembros de la familia.  Las sobremesas son fugaces o individuales.
 
La tarea de educar no está siendo nada sencilla.  Como seres humanos tenemos fallas, que no son la excepción en nuestro papel de padres.  Estamos viviendo tiempos difíciles, no detectamos los problemas graves porque estamos pensando en el día a día, ¿qué vamos a comer? ¿Dónde vamos a vivir? ¿Qué nos vamos a poner?... situaciones por demás complejas, que exigen de nosotros, como educadores y formadores de las nuevas generaciones, prepararnos más y mejor para realizarlo de la mejor manera posible, el fruto bien lo vale.
 

Aprender a ser padre y educador no consiste en preverse de recetas o soluciones para resolver determinados problemas.  No hay un manual mágico, sino que es aplicar técnicas que pueden funcionar con unos y con otros no.  Adaptarlos a la situación.  El objetivo de una buena educación no es que el hijo esté contento o que no le falte nada, sino que se desarrolle, como persona, en el conocimiento y comportamiento, convicciones, actitudes, virtudes.

 

No es raro escuchar: “has tenido mucha suerte con los hijos que has tenido… si te hubieran tocado los míos…”; no es cuestión de suerte, implica mucho esfuerzo, dedicación, buen trato entre los esposos, y como requisito indispensable “querer el bien de cada hijo”, observarle con atención para ayudarle a desarrollar sus capacidades y responder a sus necesidades.  Amarlo tal como es, aun cuando no responda a nuestras expectativas.
 
Observamos con gran frecuencia padres con acciones contradictorias: por un lado tenemos los padres ‘sobreprotectores’, quienes les resuelven cualquier contratiempo o adversidad que se le pueda presentar al hijo, incluso no les permiten tenerlas.  Por otro lado, tenemos a los padres ‘ausentes’ quienes, con la idea de que ‘ya son grandes y deben enfrentar la vida solos’ pareciera que al iniciar la adolescencia ‘desaparecen’ de su vida, dejando de cumplir con el papel de padres, sin brindar límites claros y sin atención.
 
Lo ideal en la adolescencia de los hijos es brindar ‘acompañamiento’, confiar en lo que hemos formado y reconociendo sus buenas decisiones, sosteniendo en las malas y brindando ‘dosis’ cortas de formación, según se vayan presentando las situaciones.
 
Es una línea delgada y una lucha constante entre no caer en la sobreprotección y al mismo tiempo no descuidar su formación.  Es un arte diario de actuar con cada uno de los hijos, considerando su personalidad, sus intereses y necesidades.  Dar a cada uno lo que se considere mejor para ellos y actuar en ‘un frente común’ como padres, sin desprestigiar o desautorizar al otro, sino estar de acuerdo con lo que se diga y actúe.
 
Tengan confianza en su papel como padres, sabiendo que Dios nos la ha otorgado al brindarnos este gran Don.  No nos equivocamos si lo que nos mueve es el AMOR al hijo, su propio bien, de cara a lograr que se convierta en un ser humano íntegro.
 
   
 
 

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