Jueves, 20 Julio 2017 15:11

¿De qué nos sirve la familia?

Mtro. Alejandro Enríquez Lóyzaga
Licenciado en Psicología y Docente del Pontificio Instituto Juan Pablo II
 
Todos aprendemos desde pequeños en la escuela que la familia es la base de la sociedad, lo repetimos tantas veces que dejamos de reflexionar en ello. Los seres humanos nos diferenciamos de otras especies por muchas razones, pero una de ellas es nuestra capacidad y deseo por vincularnos y organizarnos más allá de nuestra familia de origen, nuestro grupo de pares, tribu, clan, connacionales, etc. Muchos animales interactúan socialmente y forman comunidades, lo hacen desde las hormigas hasta los grandes mamíferos como las ballenas, pero están muy lejos de la complejidad de las interacciones entre los seres humanos.  Esto nos ha llevado no solo a la globalización actual, sino que ha permitido a lo largo de muchos siglos el desarrollo constante de la tecnología, la ciencia, la creación de instituciones, el desarrollo de los derechos humanos, el arte, etc. ¿Pero qué papel juega la familia en todo esto?
 
Es evidente que el desarrollo social y global de los seres humanos como especie aún sigue evolucionando; las guerras, los abusos de poder, la desigualdad social, entre otros aspectos evidencian que aún hay mucho que seguir avanzando pero resulta obvio que la calidad de vida de los seres humanos es en la mayoría de los aspectos mejor que lo que era hace cien años, aun mejor que hace mil, y abismalmente mejor que hace diez mil años. Evidentemente este desarrollo no es siempre lineal y escalonado, suele ser más bien una ascendente serpenteante, como lo es prácticamente cualquier aspecto del desarrollo.
 
Y qué ha tenido que pasar para alcanzar estos logros y mejoras de la vida cotidiana: interactuar unos con otros. A mayor interacción y mejor calidad de interacción mayor intercambio y por lo tanto un aumento en la creación de nuevos conocimientos, logros y metas. No solo se trata de interactuar sino de un cierto tipo de interacción que nos lleva a la construcción, al vínculo, al apego. Dos personas o dos pueblos que pelean también interactúan, pero hablamos aquí de las relaciones que construyen, no de las que destruyen.
 
Esto nos lleva entonces al papel de la familia como “base de la sociedad”.  El papel básico, primario de la familia es reproducirse y aportar la materia prima de la sociedad: seres humanos que continúen la sobrevivencia de la especie. Este es un hecho innegable e irrefutable desde el punto de vista del ser humano y su familia de origen como un sistema vivo, una unidad biológica. Pero la tarea no termina ahí, apenas está por comenzar. Como ya mencionamos el ser humano se ha diferenciado de cualquier otra especie sobre este mundo por su capacidad vinculante, su naturaleza social, siendo por ejemplo el desarrollo del lenguaje simbólico el medio primario que posibilita las relaciones. Obviamente aprendemos a hablar dentro de nuestra familia y “mamá” y “papá” serán siempre algunas de las primeras palabras en nuestro lenguaje. Aquí va comenzando la verdadera esencia y fin último de la familia: la crianza… entendemos entonces que la tarea de la familia será la de generar individuos sanos, autónomos, independientes y felices que contribuyan de manera positiva a la sociedad. Cualquier familia que genera lo contrario, es decir: individuos con deficiencias tales como psicopatologías, dependientes, infelices, incapaces de lograr su autorrealización o que más que contribuir atentan contra la sociedad, es entendida desde la psicología como una familia disfuncional. Obviamente nos referimos aquí solo a aquellas deficiencias generadas por un problema en el desarrollo o crianza y no a aquellas que se deben a razones orgánicas o fisiológicas.

 

Por lo tanto solo será catalogada como funcional aquella familia que aporta a la sociedad esas células sanas para ir formando el tejido social. ¿Cómo logra esto la familia?  Satisfaciendo de manera adecuada las necesidades de los hijos de acuerdo a su edad, logrando que se genere en ellos el sentimiento de seguridad en el mundo y en sí mismos, así como el deseo y la habilidad para interactuar con el mundo y las personas, dotándolo entonces de las herramientas para que funcionen de manera adecuada en la sociedad, viviendo esto con goce.  Una parte clave de este punto y prueba de que los padres han hecho una buena labor es cuando el hijo se va desvinculando de su familia de origen con la intención de formar ahora él su propia nueva familia: la presencia de un deseo y la posibilidad de entablar una relación de pareja con la que vaya creciendo el compromiso que se materializará más tarde en el concebir y criar, repitiendo así una vez más el ciclo que da vida a la sociedad. Aunque como individuos todos somos diferentes, en condiciones normales y usuales del desarrollo deberá surgir el deseo de hacer pareja y concebir, estamos genéticamente programados para ello, pues de lo contrario estaríamos condenados a la extinción. Entendemos que cuando esto no surge algo ha ocurrido en el desarrollo o en las circunstancias externas que ha bloqueado o desviado este impulso natural.

 La familia nuclear como la conocemos hoy en día no ha existido siempre, es a su vez el resultado de una evolución constante en la forma en que interactuamos, y ha sido hasta hoy en día, sino la única, si la mejor estructura social, cultural, política, económica y psicológica para la crianza y el desarrollo de los diferentes potenciales del ser humano desde la concepción hasta el inicio de la vida adulta. Una familia funcional representará entonces ese nido y esa estructura que a través de un andamiaje que va cambiando nos permitirá desarrollarnos, crecer, aprender, adquirir cada vez más habilidades, desarrollar nuestra identidad, nuestros potenciales y lograr tener una vida integra, feliz y plena. Y es esto a lo que estamos llamados genética y ontológicamente;  está aquí entonces la tarea que debe cumplir cada familia y nuestra responsabilidad como padres de futuros pilares de familias que seguirán mejorando esta sociedad.

 

 
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