Jueves, 22 Junio 2017 17:17

Pía Cristina Murrieta Saukko, Maestría en Ciencias de la Familia Gen. 2011-2013

A lo largo de mi vida he tiendo muchos momentos importantes. Momentos que me han marcado de alguna manera en particular y que le han dado contenido y forma a la persona que soy. Sin duda, me sigo considerando una obra en construcción. Pero quisiera compartir con ustedes, tres de los momentos más significativos de mi historia, por considerarlos fundamentales en la misma, y porque sin esos tres en particular no sería yo.
 
El primero fue el haber nacido en el seno de una hermosa familia conformada por papá, mamá, una hermana y un hermano. Crecer dentro de una familia fue importante porque ahí fue donde comprendí el primer significado y sentido del amor. Descubrí que uno nace “desde el amor”, el incondicional, el que te enseña y te ayuda a ser persona, a dar, a recibir, y que define el sentido de la vida. Fue a partir de ese gran ejemplo y de nuestras múltiples experiencias que, años después, con una mayor conciencia y madurez, decidí tomar la importante decisión de iniciar un proyecto personal de crecimiento en el amor y que fue formar mi propia familia.
 
Ese fue un segundo momento, en el que nació una nueva parte de mi persona, porque el matrimonio me permitió conocer una nueva dimensión del amor. Un amor de donación que se construye de la mano del otro, un amor tan humano que se reinventa y crece cada día con la fuerza de un “sí quiero”,  y que se convierte en un deseo necesario cuando se tiene la enorme fortuna de verlo trascender en la mirada de un hijo. Tener a mi familia me enseño que “uno vive por amor”.
 
El tercer momento fue cuando tuve la oportunidad de estudiar la Maestría en Ciencias de la Familia, en el Pontificio Instituto Juan Pablo II plantel Puebla. Esa etapa representó un parte aguas en mi vida puesto que la enriqueció de múltiples  formas. A nivel personal me sirvió para conocerme mejor, a aceptarme y a valorarme como individuo. En mi matrimonio, aumento nuestra capacidad de comunicación como pareja y, por consiguiente, nuestro grado de compenetración. Como madre, me permitió reforzar y mejorar mi rol dentro de la formación de mis hijos. Sé que para Paco, mi esposo, y para mis hijos, Rodrigo y José Javier, la maestría fue un aprendizaje de y para todos, porque la vivimos juntos y porque seguimos recogiendo los frutos que ella sembró.
 
Uno de los regalos más claros que me dejo fue el reconocer la importancia y compromiso que como persona tengo dentro de la sociedad. Comprendí que uno no solo vive desde y por amor, sino también vive “para el amor”. Porque saberse amado y poder amar es en sí misma la mayor de las alegrías y bendiciones. Pero salir más allá de ti y de los tuyos y darte a los demás, es lo que realmente te permite completarte y alcanzar la felicidad.
 
En realidad, la maestría fue esa puerta que hoy me permite dedicar mi vida en favor de las familias de manera profesional. Y es que seis meses antes de graduarme recibí la gran oportunidad de trabajar para la Beneficencia Pública de Tlaxcala, entidad gubernamental que se dedica a otorgar ayudas en materia de salud a la población más vulnerable del Estado. A casi cuatro años de haber iniciado esta hermosa encomienda, sigo recurriendo a todo lo que aprendí a lo largo de la maestría, puesto que el contacto directo con la gente más necesitada obliga a trabajar por construir un México más comprometido, con una mirada humana y que ponga en su centro a la familia como pilar de la sociedad.  
 
Pertenecer a la comunidad del Instituto Juan Pablo II es uno de los privilegios más grandes que la vida me ha dado. Seguir caminando y creciendo de la mano de tantas personas que desde su trinchera trabajan por defender el valor de la familia me da la fuerza y la certeza suficiente para saber que juntos lo estamos logrando.
 
Sigamos haciendo familia!
 
 
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