Lunes, 24 Febrero 2014 10:39

Por una Cultura de la familia. El lenguaje del amor Mons. Livio Melina

En un mundo cada vez más empujado al individualismo, aparece como una luz en la oscuridad la necesidad de construir líneas de comunión entre los seres humanos. Como nunca, proliferan las redes que pretenden sacar de la soledad al ser humano envuelto en la vorágine de la tecnología. Todos somos conscientes de que estas relaciones son efímeras, poco significativas, pero al mismo tiempo, son simbólicas de una ardiente necesidad: la necesidad de una comunión de personas. Esta es la definición central que Juan Pablo II dio de la familia, hasta el punto de quedar plasmada en diversos documentos centrales de su pontificado, como el Catecismo de la Iglesia Católica1 o la Exhortación apostólica “Familiaris consortio”.2 Generar una comunión de personas es uno de los anhelos más profundos de hombres y mujeres. Sin embargo, este deseo requiere, por parte de los seres humanos, unas estructuras que permitan su realización. No es suficiente una buena aspiración o la suma de unas cuantas voluntades, sino que implica mucho trabajo, tanto sobre la propia persona, como sobre la realidad social en la que se lleva a cabo el proyecto de comunidad. Precisamente, esta es la gran tarea para la que se requiere la ayuda de diversos actores, tanto de tipo político, como de tipo social o religioso y, por supuesto, también autores que ayuden a tejer el entramado conceptual de la realidad familiar en el mundo moderno. Todo esto es lo que podemos llamar una “cultura de la familia”, es decir, un modo de hacer que el ser humano se desarrolle tanto en lo personal como en lo social desde la visión que ofrece la dimensión familiar.
 
Esta es la esencia del libro que ahora se me invita a presentar, escrito por Mons. Livio Melina, gran teólogo moralista, especialista en ámbitos de bioética y presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia. El actual escrito nos presenta la urgencia de establecer una cultura de la familia, no basada en hipótesis de tipo intelectual, sino en la esencia de la familia misma, que es el amor hecho vida concreta, tanto hacia dentro del ámbito familiar, como hacia fuera del mismo. La realidad de este amor hace que se destaque de modo particular la necesidad del perdón como una expresión particular del amor que se debe vivir dentro de cada familia. Solo desde la reconciliación interior, la familia puede, posteriormente, abrirse a la sociedad, como fuente de humanidad y como fuente de vida social plena. Esto es precisamente lo que el mundo necesita: familias que reconstruyan constantemente las redes entre los seres humanos y les permitan volver a encontrar la verdad de sí mismos en la comunión con los demás.

Ahora bien, esta conciencia de la importancia de la familia como fermento de cultura debe buscar una expresión concreta. Es lo que Monseñor Melina llama el “lenguaje del amor”. En medio de una cultura de la comunicación, es esencial comunicarse bien. Esto se presenta como una auténtica paradoja en nuestra sociedad: vivimos profundamente conectados y, al mismo tiempo, estamos inmensamente solos. Las nuevas tecnologías nos permiten comunicarnos al instante, pero, al mismo tiempo, hemos perdido la capacidad de una comunicación profunda con los demás. La familia tiene un lenguaje muy especial, es el lenguaje del amor. Un lenguaje que no está hecho solo de palabras, sino que está constituido también por obras, gestos, actitudes, presencias... casi podríamos decir que cada segundo del hogar es una comunicación profunda. Aunque el libro de Monseñor Melina centra su discurso en el lenguaje del cuerpo, sobre todo en la verdadera identidad de la sexualidad como expresión de la verdadera comunión de las personas, creo que queda muy claro que rescatar y llevar a plenitud el lenguaje físico solo es posible desde la vivencia interior del amor, que se expresa de modo sobresaliente en la donación de los cuerpos, pero que se alimenta constantemente de la donación de las vidas.
 

La pérdida de sentido de la donación del cuerpo en la cultura actual con todas sus implicaciones personales, familiares, sociales y hasta legales, es la manifestación de la pérdida de la donación del interior de la persona, causada de modo particular por el individualismo, que se empapa de relativismo respecto a la verdad del ser humano que forma la familia. El lenguaje del amor, cuando se rescata en la vida de familia y de pareja, genera a su vez el rescate de la capacidad de la persona de entrar en comunión con los demás, lo que redunda en la posibilidad de una sociedad reconciliada y justa, preocupada por la persona y por la autenticidad de las mutuas relaciones, una sociedad que puede ser capaz de poner en el centro de la misma el valor de la persona y no la utilidad de los beneficios.

Una propuesta tan valiosa no podría dejar de lado las situaciones espinosas que afronta la familia en la sociedad contemporánea, como son las situaciones irregulares de los matrimonios, la cuestión de la realidad homosexual y de las uniones entre personas del mismo sexo y la cuestión, prácticamente olvidada, de la paternidad responsable. El hermoso rostro de la familia debe entrar en diálogo con todas estas situaciones que se han ido no solo extendiendo, sino, en cierto sentido también, imponiendo en nuestros días.

Con frecuencia, hemos oído la expresión “Evangelio de la familia y de la vida”,3 enunciado que no puede quedarse en una lograda resonancia, sino, sobre todo, debe hacerse realidad. La palabra “Evangelio” habla de una buena noticia para todo aquel que la recibe, buena noticia que tiene una doble dimensión: la conversión y la presencia del Reino. Esta doble dimensión expresa, también para la sociedad laica, o mejor dicho secularizada, por no decir indiferente ante el fenómeno religioso, un contenido que merece la pena escuchar: el ser humano no está condenado al mal que experimenta en sí mismo, ni al mal que lleva a cabo bajo la propia responsabilidad.

Un contenido que está encerrado en el núcleo de la predicación inicial de Jesús de Nazaret: “Conviértanse y crean en el Evangelio”.4 La conversión del Evangelio ofrece la posibilidad de romper las ataduras del mal que pueden provenir del ser humano mismo o del entorno, como de modo muy hermoso dice la oración del Señor: “no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. Por otro lado, la presencia del Reino propone un estilo de vida que lleva a plenitud el plan de Dios sobre el ser humano, es decir lleva a plenitud al ser humano mismo como ya expresaba San Ireneo: “La gloria de Dios es la vida del hombre”.5 Presencia del Reino que se encierra también en las palabras de Jesús cuando es cuestionado por los fariseos sobre la posibilidad de la fractura del vínculo matrimonial: “en el principio no fue así…”.6 El Reino de Dios lleva a plenitud al ser humano no solo en su dimensión individual, lo hace en su dimensión integral y, por lo tanto, en su dimensión comunitaria que se arraiga en la familia y se proyecta en la sociedad. Agradezco a Monseñor Melina por esta valiosa y bien documentada presentación y espero que quienes lo tengan en sus manos, y pienso de modo especial en estudiosos de la familia o en agentes de la pastoral familiar, descubran el luminoso plan que Dios trazó sobre la comunidad de personas en el amor y la vida que es cada familia humana.
 
Norberto Card. Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México
 
1 CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 372
2 JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 15
3 Benedicto XVI, Discurso a los participantes de la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia, 13 de mayo 2006.
4 Mc. 1,15.
5 S. IRENEO DE LYON, Adversus Haereses, 4,20,5-7.
6 Mt. 10,3-8.
 
De venta en las sedes del Instituto Juan Pablo II para la Familia. Costo $ 120.00